RECUERDOS DEL SONIDO
Algunos apuntes sobre la residencia S+T+ARTS Buen – TEK 2025 – 2026
«Hace algunos años, un agricultor me comentó que había dejado de escuchar al ave que anunciaba la época seca. Tiempo atrás, un pescador me dijo que nunca había visto una crecida del río como la que tenía frente a él. En los últimos quince años he viajado por distintas zonas de la Amazonía peruana, y esas conversaciones, aparentemente aisladas, avivaron mi preocupación. No solo en torno al cambio climático y los delitos ambientales, sino también sobre aquellas cosas que a veces no sabemos cómo nombrar.
De un tiempo a esta parte, esta preocupación también se trasladó a las consecuencias de muchos de estos procesos: la pérdida de conocimientos ancestrales, memorias culturales y formas de relación con el territorio que han sido transmitidas durante generaciones.
Cuando a mediados del 2025 S+T+ARTS, IMPAKT (Holanda) y ATA abrieron la convocatoria para la residencia “Buen-TEK”, con el apoyo de la Estación Chana de la PUCP en Ucayali, identifiqué una oportunidad valiosa para profundizar en estas preguntas y explorar, desde un contexto interdisciplinario, nuevas formas de relación entre arte, ciencia, tecnología y conocimiento local».
Jimmy Carrillo
Dias de residencia:
Los días de trabajo en Ucayali fueron, largamente, los más significativos. Con viajes constantes a comunidades cercanas que podían tomar varias horas, ya que muchas veces implicaba navegar por río o recorrer trechos largos en auto o moto. Ese tiempo de traslado también formaba parte del proceso de observación: el paisaje, los sonidos del aire, agua, del motor, de las aves o del bosque.
Al llegar a la comunidad, el primer paso siempre era generar un espacio de confianza. Antes de iniciar cualquier registro o entrevista, dedicaba tiempo a conversaciones informales que permitieran crear cercanía. Solo después de ese primer intercambio buscaba un momento más pausado para conversar en profundidad. Estas entrevistas eran personales y giraban en torno a la memoria del territorio, la música, los sonidos del bosque o las transformaciones que habían observado en su entorno a lo largo de los años.

Además de las entrevistas, dedicaba tiempo a caminar, observar, tomar apuntes, hacer preguntas adicionales, o absolver dudas sobre el proyecto o mis motivaciones. Ese intercambio resultó fundamental para promover un proceso de diálogo y aprendizaje compartido.
Las horas dedicadas a ordenar notas, sistematizar ideas y reflexionar sobre los hallazgos fueron valiosas. Y los momentos de escritura y organización fueron clave para poder identificar patrones, preguntas nuevas o posibles direcciones. En Ucayali, el entorno de la residencia influyó profundamente en mi proceso creativo.
Regresar a esta zona después de varios años también implicó un pequeño quiebre personal. Esperaba un espacio verde, diverso y profundamente conectado con los conocimientos y prácticas de las comunidades amazónicas. Sin embargo, me encontré con una ciudad amplia y estruendosa. Una Amazonía atravesada por múltiples relaciones y tensiones: la convivencia entre comunidades locales, ciudades cercanas, actividades económicas relacionadas al extractivismo, maquinaria, sonidos industriales y transformaciones económicas y ambientales. Entendí que estos elementos, aparentemente externos (motores, carreteras o el ruido urbano), ahora forman parte de la experiencia contemporánea de muchas comunidades amazónicas.
Esa coexistencia entre lo ancestral y lo contemporáneo influyó profundamente en mi percepción del territorio y, en consecuencia, en el desarrollo conceptual de mi trabajo.

Mi proyecto se nutrió no sólo del paisaje físico, sino también de las memorias, conversaciones y experiencias compartidas con las personas que habitan el territorio.
Gran parte de este proceso se articuló a partir de conversaciones con personas de distintas generaciones en comunidades amazónicas. Sus relatos giraban en torno a los recuerdos del territorio, su relación con la música y los sonidos del entorno, así como a las transformaciones que habían presenciado a lo largo de sus vidas. Escuchar a personas mayores (algunas bordeando los 80 años) junto a jóvenes de poco más de 20 permitió entrever no solo diferencias, sino también vacíos: sonidos, prácticas e incluso formas de percibir el entorno que parecían diluirse con el tiempo.
Mi objetivo, sin embargo, no fue producir un documento etnográfico o periodístico, sino encontrar inspiración para una narrativa artística. A partir de estos testimonios comenzó a tomar forma uno de los conceptos centrales de la instalación: la idea de la pérdida progresiva de ciertos sonidos amazónicos y la ilusión de poder recordarlos.
La residencia, además, estuvo marcada por una serie de experimentos relacionados con el sonido. Esto incluyó tanto el registro sonoro como la exploración de diferentes formas de procesar esos sonidos para construir patrones musicales y narrativas auditivas
En paralelo, desarrollé una serie de exploraciones visuales a partir de registros realizados durante el trabajo de campo. Me interesaban especialmente los planos abiertos, las tomas estáticas y los retratos del paisaje, como formas de detener la mirada en un entorno que suele percibirse desde la abundancia.
Una decisión estética importante fue trabajar estas imágenes en blanco y negro, una elección que me permitió explorar nuevas formas de representar la Amazonía desde una perspectiva más contemplativa y reflexiva, ajena al factor común que marca el hermoso e imponente verde


«Una decisión estética importante fue trabajar estas imágenes en blanco y negro, una elección que me permitió explorar nuevas formas de representar la Amazonía desde una perspectiva más contemplativa y reflexiva, ajena al factor común que marca el hermoso e imponente verde»
Colaboración e inspiración
Desde su concepción, este proyecto fue pensado como un proceso profundamente colaborativo: imaginé que su desarrollo debía integrar diferentes sensibilidades y conocimientos, tanto del campo artístico como del tecnológico.
Elvis Rivera, programador y entusiasta de las ciencias, fue clave en el inicio del proyecto. Su experiencia en sistemas digitales, procesamiento de información y pensamiento computacional fue importante para explorar cómo los datos ambientales y territoriales podían integrarse dentro de una narrativa artística
También colaboré con Pauchi Sasaki, compositora y artista interdisciplinaria peruana con una trayectoria internacional destacada. Su sensibilidad musical y su apertura a los temas amazónicos fueron fundamentales para el desarrollo conceptual y sonoro del proyecto. El proceso con Pauchi fue dinámico y estructurado. Ella me dio muchas luces sobre el uso del material sonoro registrado en campo y su relación con la narrativa que había creado.
Más adelante se sumó al equipo Maje Cisneros, una joven artista especializada en arte generativo mediante el uso de la plataforma TouchDesigner. Maje demostró una gran capacidad para traducir ideas narrativas y emocionales en lenguajes visuales generativos, manteniendo una afinidad clara con la sensibilidad y el tono conceptual de la instalación.
El resultado final fue un trabajo que logró mantenerse fiel a la narrativa y al concepto inicial del proyecto, pero que sólo pudo materializarse gracias a esta estructura colaborativa construida desde el inicio.

«Las interacciones con los mediadores del programa de residencia también resultaron muy valiosas. El equipo de ATA acompañó activamente el proceso y mostró interés constante en su desarrollo»
Además, la interacción con expertas y expertos fue un eje central del proceso. Trabajé de cerca con Josefa Nolte y con el equipo de la Estación Chana, liderado por Roberto Zariquiey y Mariana Rodríguez, cuya trayectoria combina investigación académica, trabajo territorial sostenido y colaboración directa con comunidades amazónicas.
Josefa Nolte ha desarrollado una práctica que articula el arte contemporáneo con la antropología. Es una persona que ha construido diálogo en diversos contextos sociales y culturales. Su amplio conocimiento de la región, de primera mano, fue de gran ayuda en este proceso.
Por su parte, la Estación Chana, ubicada en Ucayali, es más que un espacio de investigación lingüística: es un punto de encuentro intercultural que articula ciencia, tecnología y saberes indígenas. Los procesos de diálogo y colaboración con diversas comunidades de la región son constantes. Su enfoque (centrado en la revitalización de lenguas, la formación de investigadores indígenas y la construcción de conocimiento) fue importante para orientar mi proyecto hacia prácticas más horizontales y situadas .

Las interacciones con las comunidades amazónicas fueron, sin duda, una de las dimensiones más significativas del proyecto. Cada encuentro aportó nuevas perspectivas y reflexiones que terminaron influyendo en el desarrollo conceptual de la obra.
Algunos de los momentos más significativos ocurrieron en la comunidad shipibo-konibo de Santa Teresita. Se trata de una comunidad que busca mantener vivas sus tradiciones culturales y fortalecer su identidad colectiva. Durante mi visita tuve la oportunidad de conversar con varias artesanas que trabajan activamente en la preservación de sus prácticas. Escuchar sus historias sobre identidad, memoria y comunidad fue profundamente revelador. Al mismo tiempo, observar las condiciones de precariedad en las que muchas de ellas viven me llevó a reflexionar sobre las tensiones entre la preservación cultural y los desafíos socioeconómicos del territorio.
Fue en este contexto donde conocí a Adelina Tecco, una sabia de la comunidad de Santa Teresita con recuerdos vivos sobre la vida comunitaria y dueña de una voz potente, melodiosa y expresiva. Adelina posee un canto marcado por años de práctica en ceremonias vinculadas a la medicina tradicional y a la ayahuasca. Con su autorización, sus hermosos íkaros (cantos shipibos) se convirtieron en elementos centrales de la instalación final, guiando la experiencia sonora de la obra.
Otro encuentro significativo fue con miembros del pueblo iskonawa, quienes, desde hace años, trabajan activamente por preservar y revitalizar su cultura. Durante una visita tuve la oportunidad de conocer el “ako”, un instrumento tradicional rescatado por Elías Rodríguez, que durante mucho tiempo se creyó perdido y que ha sido recientemente recuperado por la comunidad. El ako tiene la forma de una pequeña canoa invertida de madera y produce un sonido profundo y resonante. Descubrir este instrumento y escuchar su sonido fue una experiencia particularmente significativa para el proyecto, ya que conectaba directamente con la idea central de la investigación: la memoria sonora del territorio y la posibilidad de rescatar sonidos que parecían haber desaparecido.
Estos encuentros y muchos otros a lo largo del proceso fueron fundamentales para comprender que la memoria del territorio no solo se encuentra en archivos o datos científicos, sino también en los cuerpos, las voces y los sonidos que las comunidades han preservado a lo largo del tiempo.

El entorno y la práctica:
Durante la residencia experimenté una conexión emocional profunda con varias de las comunidades con las que tuve la oportunidad de interactuar. Hablo de grupos que mantienen un fuerte deseo de fortalecer su identidad colectiva a partir de su historia, su relación con la tierra y la continuidad de sus tradiciones.
Gran parte de estas tradiciones se basa en una relación activa con el entorno natural. Existe una conexión histórica, cultural, espiritual y cotidiana con los elementos del paisaje: el río o la laguna, el bosque y sus misterios, o los cambios en el clima. Esto es una influencia perenne e histórica sobre el arte y la vida. Esta aproximación contemplativa / activa tuvo un impacto profundo en mí. Me llevó a reflexionar sobre cómo la contemplación puede abrir espacios de conexión y sensibilidad. Aunque no perdía la vista sobre otras realidades que impactan, marcadas por presiones externas, ruido, cambios diversos o conflictos territoriales.
Durante la residencia también experimenté diversos momentos de sorpresa, curiosidad y vulnerabilidad que marcaron mi proceso creativo. Uno de ellos fue pasar algunas noches en una pequeña casa (Casa Sanango) ubicada al borde de la laguna Cashibococha. Esos momentos de quietud, rodeado por el sonido constante del bosque, las aves, la vida, generaron una sensación de desconexión del ritmo habitual del entorno urbano. Casa Sanango es uno de los lugares más hermosos donde he estado. Experiencias como estas me permitieron percibir el espacio de una manera atenta. Con respeto, pero entendiendo que otro mundo (ruidoso y caótico) me esperaba más allá de las verdes copas que, por esos días, me resguardaban.

El sonido que ya no es:
Uno de los retos más importantes de este proyecto fue construir un puente entre formas de conocimiento. Esto implicaba reconocer que los saberes amazónicos (muchas veces transmitidos a través de prácticas culturales, relatos o expresiones musicales) han sido históricamente relegados o considerados como conocimientos de segunda categoría dentro de los marcos académicos o científicos dominantes.
En el caso de la investigación realizada en el marco de esta residencia, pude constatar, a través de las diversas entrevistas con personas del pueblo shipibo-konibo, cómo algunos instrumentos musicales, prácticas sonoras y saberes comunitarios han desaparecido o se encuentran en riesgo de desaparecer.
Las personas de mayor edad recordaban celebraciones que giraban en torno a ritos, actividades y celebraciones comunales. Además de canciones que narraban prácticas extintas, bailes que se han perdido en la memoria e instrumentos construidos con herramientas que ahora son difíciles de conseguir. Incluso, sonidos naturales que antes se percibían con una intensidad que, ahora, ya no es la misma.
«Estas pérdidas no responden únicamente a transformaciones internas dentro de las comunidades, sino incluso a procesos históricos más amplios de marginación cultural y social»
Detrás de lo que queda en el aire:
Desde el inicio, uno de los objetivos de mi proyecto fue alejarse de una lógica extractivista en la producción artística. No buscaba simplemente recopilar, sino desarrollar una obra que se inspirara en los aportes de las personas con las que dialogué y en las experiencias vividas durante el proceso.
Sin embargo, traducir esta intención en una propuesta concreta implicó varios desafíos técnicos y conceptuales. El proyecto integraba múltiples elementos: registros audiovisuales realizados en diferentes zonas de Ucayali, decenas de grabaciones de sonido del bosque, del río, de la ciudad, de cantos tradicionales, así como sistemas de arte generativo desarrollados digitalmente.
Lograr que todos estos componentes (música, video, registros sonoros y visuales generativos) dialogaran entre sí de manera coherente no fue una tarea sencilla. Por ello fue fundamental dedicar tiempo a desarrollar un concepto claro y una estructura narrativa.





